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El dia que descubri el silencio



EL DIA EN QUE DESCUBRÍ EL SILENCIO
(J.L.Martín Descalzo)

La cosa me ocurrió hace ya muchos años, entre la tercera y la cuarta sesión del Concilio. Por aquellas fechas vivía yo volcando toda mi juventud en el entusiasmo para la difusión de lo que en Roma estaba ocurriendo y que a mí me estaba apasionando. Así que, entre sesión y sesión, me dedicaba a dar docenas de conferencias, de coloquios, sobre el Vaticano II. Y hablaba en todo tipo de ambientes: colegios universitarios, seminarios, conventos, allí donde quiera que el asunto pudiera interesar a un grupo de personas. Pero un día la petición que recibí fue, para mí, de lo más extraño. Me escribía el abad de la Trapa de Cóbreces pidiéndome una serie de charlas para sus monjes.

Por aquella época yo conocía sobre la Trapa los cuatro tópicos que en el mundo suelen tenerse: que no hablan sino por gestos, y hasta me creía la tontería esa de que cuando un trapense se cruza con otro le dice: «Morir habemos», y el otro le responde: «Ya lo sabemos». Con todo este bagaje yo me preguntaba a mí mismo qué es lo que podría interesarles del Concilio a quienes vivían en tanta soledad. Pero el abad me tranquilizó explicándome que un monje es un hombre como los demás y un cristiano como los demás y que, por tanto, les interesa todo lo que a los demás hombres y cristianos interesa.

Pero aún quedaba para mí otra duda más grande: ¿En qué tono debería hablarles? A mí siempre me había gustado hablar de las cosas de Dios en el mismo tono con el que hablo de las cosas de la vida, a la buena de Dios. ¿Se me escandalizarían los monjes si lo hacía con ellos? Pero, como resultaba que yo no sabía hablar con otro estilo, decidí encomendarme a Dios y que saliera el sol por donde quisiera.

Y allí me tenían ustedes dando mi primera conferencia ¡a las seis de la mañana! Y es que la víspera me había explicado el abad que «como ellos se levantaban a las dos para la misa y los oficios y a las seis ya habían desayunado y hecho no sé cuántas cosas más, si a mí no me molestaba, me habían puesto mi charla a las seis, antes de que los monjes se fueran al trabajo». Así que, a esas horas, más dormido que despierto, estaba yo hablando a los monjes en la solemnidad de una imponente sala capitular. Y, para que la cosa me fuera más desconcertante, me colocaron a mí junto al abad, mientras los sesenta o setenta monjes se alineaban en cuatro filas extendidas verticalmente a lo largo de la sala, de manera que los monjes se miraban los unos a los otros, pero yo no veía sus rostros. Veía solamente unas capuchas enhiestas y unas grandes mangas de hábitos, tras las que yo suponía que estaban sus cabezas y sus brazos, aunque muy bien hubieran podido ser cuatro filas de maniquíes con hábitos y sin «bicho» dentro.

Y como yo no sé hablar a nadie que no me mire a los ojos (al menos no lo sabía entonces, ahora ya me ha enseñado la televisión), pues tuve que usar la treta que en estos casos se usa: contar un chiste muy largo y con mucho «suspense», con lo que vi cómo progresivamente iban levantándose las capuchas y girando hacia mí, hasta que aparecieron sus rostros. Y sí, ¡eran humanos! Se reían y emocionaban como todo el mundo, reaccionaban ante mis charlas de modo muy parecido al de los universitarios o la gente común de la calle.

Poco a poco, en aquellos días fui calando sus vidas, conociendo sus problemas y sus esperanzas. Y, como el abad tuvo la generosidad de permitir que también los monjes pudieran hablar, preguntarme, charlar, mis conferencias se fueron convirtiendo en un verdadero intercambio de vida. Y entonces descubrí yo algo que mal sospechaba: que los monjes no sólo no eran medios hombres, sino hombres excepcionalmente maduros, llenos, equilibrados, que sabían dar a cada cosa su peso exacto.

Y mi cabeza comenzó a poblarse de preguntas: yo había ido allí como quien tiene algo que enseñar y empezaba a darme cuenta de que era yo quien tenía todo que aprender. Vi que ellos entendían el sentido de las cosas y de la vida y que, verdaderamente, «habían elegido la mejor parte». ¿Qué no habría dado yo por poseer su realismo? ¡Qué inmaduro me sentía ante ellos! ¡Cuántas toneladas de horas perdía yo yendo de acá para allá, haciendo que hacía, pero sin haber encontrado, como ellos, el camino exacto por el que avanzaban con una sabiduría adquirida y una seguridad que me resultaba envidiable. En verdad eran ellos, entregados a Dios y al silencio, quienes sabían lo que era vivir.

Pero el quinto día de mi estancia ocurrió algo muy especial: se me acercó el maestro de novicios y, después de darle mil vueltas y como con temor a ofenderme, me dijo que mis charlas, y más aún mi persona, estaba creando un problema espiritual a los novicios: ellos, viéndome activo, metido en los problemas más vivos de la Iglesia, estaban empezando a pensar si no sería el mío el mejor camino y no el suyo; el de consumirse en la soledad y en el silencio. Yo me reía y expliqué al maestro que mi tentación era exactamente la contraria; que era yo quien tenía envidia de la fecundidad de ellos; que, viéndoles, yo había descubierto qué vanos eran muchos de nuestros trabajos en el mundo. Me preguntó el maestro si me atrevería a explicar esto a sus novicios. Y así lo hice. Y todos juntos descubrimos que el «mejor camino» es siempre aquel que Dios le marca a cada uno, pero que, en todo caso, el silencio, la oración en soledad, es uno de los mejores, tal vez objetivamente el mejor. Infinitamente superior en todo caso a esta noria de ruidos que es el mundo.

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The day I discovered SILENCE
(J. Martin L. Barefoot)

The thing I did for many years between the third and the fourth session of the Council. At that time I lived all my youth in turning the enthusiasm for disseminating what was happening in Rome and I was passionate. So, between sitting and sitting, I am devoted to dozens of conferences, symposia, on Vatican II. And he spoke in all types of environments: colleges, seminaries, monasteries, where they could be the subject of interest to a group of people. But one day I received the request was for me, very strange. I wrote the abbot of the Trapa Cóbreces of asking a series of lectures for its monks.

At that time I knew Trapa on the four topics in the world tend to be: who do not speak but through gestures, and even the stupidity that I believed that when one crosses Trappist tells another: "We have to Die ', and the other replied: 'We know. " With all this baggage I asked myself what could be of interest to the Council who lived in such isolation. But the abbot reassured me explaining that a monk is a man as a Christian and the other as the other and therefore, everything that interests them to other interested men and Christians.

But for me there was another larger questions: Why should talk tone? I had always liked to talk about the things of God in the same tone with which I talk about things in life, good God. Will I be shocked if the monks did with them? But, as I did not know who was talking to another style, decided to leave to God and where the sun would.

And there you were giving me my first lets the six o'clock! And the day before I had explained that the abbot "as they got up at two for the Mass and the offices and the six had already breakfasted and did not know how many more things if I am not bothered, I had my talk to six, before the monks were at work. So at these times that most stayed awake, I was talking to the monks in the solemnity of a magnificent chapter. And, the thing I was most disconcerting, I placed myself next to the abbot, while sixty or seventy monks were lined with four rows extended vertically along the hall, so that the monks looked at each others, but I did not see their faces. Saw only about enhiestas hoods and large hoses habits, after which I was supposed to their heads and arms, but very well could have been with four rows of mannequins habits and "bug" inside.

And I do not know anyone who does not speak to me look at you (at least I did not know it then, now television has taught me), because I had to use the ruse that is used in such cases: very long tell a joke and with much "suspense" with what I saw how they would gradually lift the hood and turning towards me, until they get their faces. And yes, they were human!! Laughed and thrilled as the whole world reacted to my talks so much like that of the university or the common people of the street.

Gradually, in those days I was calando their lives, knowing their problems and hopes. And, as the abbot had the generosity to allow the monks could also talk, ask, talk, my lectures were converted into a real exchange of life. And then I discovered I suspected something wrong, that the monks were not only media men, but men exceptionally ripe, full, balanced, they knew what to give his exact weight.

And my head began to settle questions: I had gone there as one who has something to teach and began to realize that it was I who had everything to learn. I saw that they understood the meaning of things and life and, really, "had chosen the best part." What I would not have given for possessing realism? What I was immature at that! How I lost tons of hours going back and forth, making it, but had not found them, the exact path of the advancing with a wisdom and learned that I was an enviable safety. Indeed they were, turned over to God and to silence, who knew what it was live.

But on the fifth day of my stay was very special to me the novice and, after giving a thousand rounds and in fear of offending, he told me that my lectures, and more so to me, was creating a spiritual problem to novices, they, seeing active, involved in the problems of the living Church, were beginning to think whether it would be my best way and not yours, and consumed in solitude and silence. I laughed and explained to the teacher that my temptation was exactly the opposite, it was me who was envious of them fertility and that, seeing it, I had discovered how many were unsuccessful in our work in the world. The teacher asked me if I would explain this to their novices. And so I did. And together we discovered that the "best way" is that God will always mark each, but in any case, silence, prayer in solitude, is one of the best, perhaps ...


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