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<<Doce compañeros>>

No sé si fue el lugar; un erial apartado a varios kilómetros de Teguise, pequeña localidad de la isla volcánica de Lanzarote. Allí todo resultaba extraño, y todos nos sentíamos extraños. Trece chicos jóvenes reclutados de la península que se encontraban juntos por primera vez en aquel planeta apartado del universo.

Alrededor de nosotros se tumbaba un paisaje yermo de rocas tiznadas por un ardiente sol que parecía respirar desde debajo de aquellas piedras marcianas. Ni un vestigio de vida en trescientos sesenta grados alrededor. Éramos 13 desconocidos que tendrían que compartir sus vidas en el acuartelamiento 5542, compañía numero 37, durante los próximos meses de servicio militar.


Las primeras semanas nos aferraríamos a nuestros recuerdos, a los de la familia y amigos, a los de las novias. Y yo en particular trataba cada mañana de dibujar el rostro de la mía en mi mente, en un esfuerzo desesperado por no olvidar que había alguien más allá de aquel reducido recinto asediado por sus propios muros. Unos anchos muros de una antigua fortificación colonial medio derruida por el tiempo. De hecho, los nativos de allí nos llamaban "godos" a los provenientes de la península, en un último desprecio que destacaba nuestro carácter de extranjeros e invasores de su asolado país.


Pero a pesar de mi empeño por recordar cada día el rostro y las caras de los míos, de mi chica sobretodo, estos se iban difuminando como si el cálido viento volcánico que azotaba sin tregua aquel desierto los borrara como si estuvieran hechos de la misma arena y polvo que pisaban nuestros pies.


¿Qué explicación puedo darle a lo que ocurrió allí? Quizás fue solo eso: lo ajeno a ti mismo que te hacía sentir aquel extraño lugar, o tal vez fue el corrosivo viento que fue royendo mi alma hasta olvidarme de mi mismo y de quién era.


Así fue como poco a poco, con el transcurrir de los días que arrasan los recuerdos, que la camaradería fue suplantando a la añoranza. Y que el interés por mis doce compañeros logró llenar las horas de tantas ausencias. Disfrutamos de la mutua compañía de las únicas doce vidas –si exceptuamos a la del sargento que ocasionalmente nos visitaba desde Teguise- que allí se ofrecían como la escasa ración de agua se ofrece al sediento.


Éramos jóvenes y no tardamos en congeniar y en interesarnos los unos por los otros forjando una solidaridad que se hacía imprescindible para la supervivencia de un grupo en medio de un ambiente hostil.

De esta manera me fui dejando llevar, zambulléndome cada vez más en las historias y las vidas de cada uno de mis nuevos amigos. Cada uno de un origen distinto, cada cual con su particular manera de ser.

Las noches de insomnio desvelado por las deseables formas de mi novia fueron quedando atrás sustituidas por el dulce sopor de quien se siente seguro y a gusto con su nueva compañía. Ya no me importaba despertar cada mañana para dejar transcurrir la jornada con quienes serían mi verdadera familia; mis seres queridos más próximos.


De cada uno de ellos, de los doce, guardo un grato recuerdo. Y, estoy seguro, que si alguno de ellos llega en alguna ocasión a leer estas palabras sabrá que soy sincero.


Sin embargo, son de tres en particular de los que más me acuerdo: de "Ferrol" (era práctica habitual llamar a alguien por su lugar de procedencia), que no tardó en dar muestras de su carácter decidido y de sus cualidades de liderazgo convirtiéndose en el cabecilla del grupo. Alguien al que todos admirábamos y al que podías pedir consejo o ayuda en momentos de problemas o apuros. Aunque él –todos lo sabíamos- sentía particular predilección por "Nano", el más joven de todos nosotros con apenas dieciocho años recién cumplidos. Lo veías en aquel lugar adivinando en él una mezcla de sentimientos de excitación por la aventura y de temor ante lo desconocido. Razón por la que no era de extrañar que, viendo en "Ferrol" la figura protectora de un hermano mayor, buscara en él la seguridad que tanto necesitaba.


"Domingo" era el tercero y más independiente de todos, lo sorprendías paseando solo por ahí exhibiendo su aspecto desgarbado y su deambular elástico y errático, con las botas militares siempre desanudadas y abiertas de las que escapaban los bajos de su pantalón de faena. Se derrumbaba en un banco cualquiera junto a la primera compañía que encontrara, de cara al implacable sol entornando los ojos en un amodorramiento que no le impedía sin embargo mantener una conversación intrascendente.

Se ocupaba de la intendencia y la utillería, de ahí que le hubieran designado para el cargo de furriel y cabo primero. Un puesto y unas funciones que él desempeñaba sin convicción ni interés alguno.




Fue uno de esos tediosos días en los que rebuscando en la utillería en la que se amontonaban trastos viejos e inservibles con ropa y material militar allí arrumbados y olvidados hace tiempo, cuando encontramos escondido encima de un sucio armario y cubierto por una montaña de cajas y archivos aquel cachivache.


Fue "Domingo" quien lo descubrió –al fin y al cabo era el furriel de la tropa, y a él a quién se le ocurrió aquel entretenimiento estúpido-, y al principio se quedó con aquello entre las manos, atónito y sin saber de qué se trataba o qué hacer exactamente con él. Para echarse a reír repentinamente atrayendo nuestra atención:


-"!Joder, mirad esto: es un coño!"


En efecto, aquel engendro mecánico era una vagina que trataba de emular torpemente por una de sus caras los genitales externos femeninos. Sin embargo no dejaba de ser un artilugio tosco y primitivo, con un compartimiento para pilas y un reservorio al otro extremo, lo que lo hacía ridículamente aparatoso y desproporcionado.


Naturalmente no tardamos en buscar unas baterías para comprobar si aquello funcionaba aún. Y cuál no fue nuestra sorpresa cuando vimos que aquella "tecno-meretriz" cobraba vida con voluptuosos movimientos peristálticos como los que un gordo gusano exhibiría reptando sobre su tripa, mientras emitía el rítmico sonido del motor que la animaba.


Las risas y los comentarios procaces se mezclaron con gestos provocativos como el de "Domingo" restregándose por la entrepierna de su grasiento pantalón de camuflaje la embocadura de aquella señorita de látex mientras le prometía carne de sobra para su prolongada hambruna.

Alguien, a quien no llegué a identificar en medio de aquella algarabía, debió proponer que esa misma noche le preparáramos un inolvidable festín a nuestra inesperada visitadora. Y que todos pudiéramos, por turno, hacer uso de sus habilidosos encantos. Lo que, entre bromas y veras, fue aceptado por un grupo presa de una excitación creciente que –resultaba evidente- ya no respondía tan sólo a aquel sorprendente hallazgo.


Durante esa tarde todos, al menos aparentemente, seguíamos nuestra rutina habitual como cualquier otro día, y nadie hizo mención alguna a nuestra cita de esa noche. Si bien era obvio que aquello era lo único en lo que se podía ocupar nuestro pensamiento durante todo el día.


Aquella noche estival resultó singularmente tórrida –o al menos así la recuerdo- y nos marchamos a la cama antes de la hora habitual, si bien ya oscurecía en una noche serena y tranquila coronada con una espléndida luna llena que plateaba el habitáculo que los trece compartíamos: una "camareta" formada por seis literas, tres frente a tres separadas por las correspondientes taquillas. Y una cama más apartada al fondo de la estancia, propiedad de "Domingo", un privilegio del mando de la tropa.


Los primeros minutos fingimos no acordarnos de los planes previstos para esa noche, y nadie hizo ningún comentario a pesar de que escondida bajo una de esas literas aguardaba un misterioso juguete esperando a que alguien lo recogiera. Todos hacíamos como que dormíamos a sabiendas de la ansiedad que nos contagiaba y que nos mantenía en vela y alerta ante el más insignificante ruido cuando, de repente, y como surgido desde el interior de la misma noche comenzó un lento ronronear. Un gorjeo que primero sonó suave y que poco a poco fue acompasándose y tomando cuerpo y más ritmo. No cabía duda de que alguna mano furtiva –incapaz de contenerse por más tiempo- había puesto en marcha y estaba haciendo uso de aquel genital aberrante que se agazapaba bajo las camas vigilándonos.


No pude distinguir quién había sido el valiente en atreverse a tomar la iniciativa. Supuse que debía ocupar una de las camas inferiores de las literas que tenía frente a mí, de manera que me quedaba oculto tras las taquillas que se interponían entre nosotros, y sólo podía oír e imaginar sus operaciones y lo que estaba ocurriendo en esos momentos. Pero, transcurridos unos minutos de mecánico compás, se hizo el silencio y una mano asomó por encima de la oscura silueta que dibujaban los estrechos armarios para entregar aquel estrambótico artefacto a "Ferrol", que ocupaba una de las camas superiores, de manera que -ahora sí- nada obstaculizaba la visión de aquel sensacional espectáculo.


En la penumbra de aquella habitación podía distinguir claramente la pierna de "Ferrol". El ancho muslo se descolgaba de la litera superior asomando por debajo de la colcha con un enorme águila negra impresa en ella destacando sobre el fondo verde oliva, ofreciendo una espectáculo extraordinario la simple contemplación de ese miembro arbóreo, sombrío, y velludo, a la vez que resplandeciente por la luz que se colaba por una de las ventanas que quedaban abiertas bostezando sobre los cabezales de cada una de las seis literas. Sus sensuales movimientos, como consecuencia del placer que aquel enigmático objeto proporcionaba a la polla de mi compañero, se traducía en ligeros y graciosos movimientos de flexión y extensión de su larga extremidad. Movimientos que obligaban en ocasiones, a tensar los poderosos tendones de un pie cuyos dedos se separaban y encogían con cada nueva contracción, a la manera en la que se abren las ramas de un árbol al nacer de las gruesas nervaduras de su tronco.


¡Cuántas veces habría contemplado esas mismas piernas desnudas corriendo por el patio polvoriento del pequeño cuartel en el que unos cuantos improvisaban un partido de fútbol!

Eran muchos los días allí aislados, en ...
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