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<<España contra Italia-México-Sexo internacional 3

Por lo general, Bruselas era una ciudad bastante aburrida, sobre todo cuando llegaba el frío, así que lo que se llevaba era hacer fiestas a las que acudían en su mayoría estudiantes internacionales. Una de estas fiestas dio lugar a una peripecia sexual provocada en parte por José y Carlos, mis compañeros de piso. Y es que estos dos mejicanos no sabían tener la boca cerrada cuando se bebían más de cuatro cervezas. De ello me di cuenta una noche de viernes. Habíamos quedado varios chicos para ver deportes y beber cerveza en casa de Roberto, Luigi y Josué, dos italianos y un israelí con los que nos llevábamos muy bien.


Ellos tenían en casa televisión por cable, así que nos invitaron a una velada de hombres rudos y alcohólicos, comiendo pizza e hinchándonos a beber. El caso es que llevábamos toda la noche viendo combates de lucha sin reglas, de esa en la que uno puede pegar a otro como quiera, cosa muy salvaje, pero que a mí me ponía a cien. Eso de ver a dos hombres fornidos y enormes dándose de hostias en un "todo vale" me ponía en órbita.


Ya era de madrugada y comenzaba a sentirme algo borracho. Los chicos reían en el salón y comenzaba a subir el tono de las conversaciones, ya que del canal de deporte se pasó a un canal porno con rubias siliconadas folladas por tíos cachas y bien depilados de rabos imposibles. En una de estas aproveché a ir al baño, pues no había meado en toda la noche y los litros de cerveza ingeridos pasaban factura a mi vejiga. Me dirigí al baño, entré y cerré la puerta tras de mí. Me saqué la cola y empecé a mear con bastante potencia.


Mientras vaciaba aquel torrente en mi interior, paseaba la mirada por el baño. Lo que primero me llamó la atención fue la taza del váter, llena de gotas resecas de meado y pelos púbicos. ¡Vaya tres cerdos!, pensé. Después me fijé en lo típico: cepillos de dientes, cuchillas de afeitar, botes de gel de ducha, una cesta para la ropa sucia… Al llegar a esto me detuve. La cesta de la ropa sucia estaba casi llena. Curioso, acabé de mear, me subí la cremallera y me acerqué despacio a esta. Atisbé el contenido del interior. Camisetas, pantalones vaqueros, una toalla… Fui más allá y retiré esto, entonces, debajo, apareció lo que deseaba localizar guiado por un morbo insano. Allí había unos slips, calcetines sucios, unos bóxers…


Tomé los slips negros y los saqué entre mis manos. Instintivamente me los llevé a la nariz e inhale por la parte de fuera. Un pregnante olor a meado inundó mis pituitarias. Lo siguiente que hice fue darles la vuelta y mirar en la parte de dentro. Allí había algún que otro pelo púbico muy negro y rizado. Su dueño podía ser cualquiera de los que vivían en el apartamento, Roberto, Luigi o Josué. Encontré un par de pequeñas gotas blancas resecas, que bien podrían ser semen o líquido preseminal. Saqué la punta de mi lengua y la pasee por allí, recibiendo un delicioso sabor. Excitado y con mi polla dura dentro del pantalón, planté mis fosas nasales en el interior de los calzoncillos, en la zona del culo y lo huevos, y disfruté del aroma a sudor y a culo de la prenda interior.


-¿Por qué tardas tanto? Me estoy meando –dijo Carlos, que abrió la puerta sin llamar y me pilló con los slips sucios en la mano. Le miré con la cara desencajada y el corazón a punto de salírseme del pecho.- ¿Qué haces? ¿Y por qué si estás haciendo de las tuyas no echas el cerrojo? –me interrogó mi amigo mejicano.


-Joder, Carlos. ¡Vaya susto me has dado!


-¿Qué haces con eso en la mano? –preguntó curioso, cerrando la puerta tras de sí.


-Simplemente… -dudé en qué contestar.


-¿Los estabas oliendo? –dijo Carlos elevando una de sus cejas.


-Un poco –sonreí dentro de la complicidad que teníamos. Carlos y José ya me habían visto follar en vivo con Mathieu, nuestro colega francés, desde entonces mis guarradas no les pillaban por sorpresa.


-¿A qué huele? ¿Te gusta o qué? –me preguntó.


-Sí, tío. ¿A ti no te pone cachondo oler las braguitas de alguna tía cachonda?


-Claro que sí, güey.


-Pues a mí igual –le guiñé un ojo y me llevé los calzoncillos a la nariz-. Mira –le indiqué-, huele.


Carlos arrugó la nariz en señal de disgustó pero luego la acercó tímidamente e inhaló, salvado un poco la distancia.


-Huele a polla, tío –dijo entre sorprendido y familiarizado con el olor-. Espero que en casa no rebusques en el cesto de la ropa sucia para oler nuestros calzoncillos. Si quieres cuando me los cambie te los dejo y luego tú ya pues pones la colada –bromeó.


-No estaría mal –sonreí, y guardamos silencio un instante.


-¿Te follarías a los italianos, cabrón? –me preguntó mi compañero de piso pícaramente.


-Tengo los huevos llenos. Claro que me los follaría.


-Pues entonces no creo que lo tengas muy difícil, amigo. Ya están al tanto de la follada que te metió el francés la otra semana.


-¿Cómo? –exclamé alarmado.


-Sí, cabrón. A José se le soltó la lengua. Andaban ahí fuera hablando de que querían follar ya, que las tías aquí en Bruselas eran unas estrechas. Pues José les comentó que tú si que follas, pero con otros tíos.


-Puto José –dije mosqueado.


-Ay, pues no te enfades con ese pendejo. No más te hizo un favor. Seguro que los italianos están deseando follarte…


Carlos no terminó la frase cuando la puerta del baño se abrió.

-¿Qué hacéis? –asomó la cabeza por el hueco Roberto, que cambió su gesto totalmente al verme con los calzoncillos sucios en la mano.- Entonces es verdad lo que nos ha contado José –afirmó. Abrió la puerta del todo y entró, entrecruzando los dedos de sus manos y haciéndolos crujir. Tragué saliva.


Roberto era un napolitano bastante interesante. Bajito, de espalda ancha, grueso, con una cabeza grande y un cuello de toro, con su pelo negro, corto y duro. Tenía los brazos cubiertos de vello, muy a juego con su piel morena. Aunque se afeitara ese mismo día no dejaba de marcársele la barba, y bajo aquel suéter rojo y gris que llevaba debía de esconder un potente torso velludo.


-¿Te gustan mis calzoncillos? –señaló los slips negros. Casi me echo a temblar al imaginar el culo que debía de tener Roberto dentro de aquellos calzoncillos.


-El muy cabrón los estaba oliendo –señaló Carlos, sonriendo con malicia. Sonrisa a la que le correspondió Roberto.


-¿A qué huelen? –preguntó el italiano desafiante. Decidí en ese momento que quería entrar de lleno en el juego y por eso quise contestarle aún más desafiante.


-Huelen a tu culo y a tus cojones sudados. Y me encanta –declaré.


-Pues a lo mejor te gustaría más oler mi culo y mis cojones directamente –propuso amenazante.


-Apuesto a que me encantaría –acepté con una sonrisa cínica. El italiano me respondió con otra igual. Dio dos pasos hacia delante y me miró. Después miró a Carlos.


-¿Quieres ayudarme a darle lo que quiere? –interrogó a mi compañero mejicano.


-Sí –asintió Carlos, tragando saliva, nervioso y azorado.


Entonces Roberto se giró, nos dio la espalda, se puso frene al lavabo, mirándose al espejo, desabrochó su cinturón y después el pantalón, que cayó al suelo, dejando al descubierto dos gruesas piernas cubiertas de ensortijado vello negro y unos slips rojos muy ajustados a los cachetes de su potente culo. Era un culo redondo, bien formado, grueso. El siguiente paso del italiano fue bajarse el calzoncillo, muy lentamente. Apareció frente a mí un culo peludo y de piel blanca. Un culo lleno de ensortijado vello.


-Joder, ¡es un oso el cabrón! –señaló Carlos, mirándome entre sorprendido e incrédulo ante lo que estaba pasando.


-Me encanta su culo –hablaba en español con mi compañero de piso.


-¿Te encanta? –me miró Carlos.


-Sí. ¿A ti no? –hice la pregunta trampa a aquel macho azteca totalmente heterosexual.


-No lo sé.


-¿Te molaría que se lo comiera? ¿Quieres ver como le lamo la raja y se la dejo llena de saliva?


-Sí, cabrón –me miró Carlos con una sonrisa y una mirada lasciva.


-Entonces voy a restregar toda mi cara por su raja. Me la voy a llenar de saliva y de pelos de su culo. ¿Te pondría ver eso?


-Vamos, hazlo –me animó mi compañero, cachondo.


Me puse de rodillas frente al culo de Roberto, tiré de su calzoncillo hacia abajo y terminé de bajárselos hasta los tobillos. El siguiente paso fue poner mis manos en sus nalgas. Era un culo redondito y abundante, al tacto suave. Las apreté y descargué un mordisco en uno de los cachetes que obligó al italiano a soltar un grito ahogado. Se volvió cabreado, me tomó del cuello y me soltó una hostia que me dejó en shock. De forma brusca se giró y volvió a colocar su culo frente a mi enrojecida cara. Se apoyó en el lavabo y me indicó su raja.


Esta vez le separé las nalgas y miré dentro su raja enmarañada de oscuro vello. Separando esta tupida espesura descubrí su agujero, al cual apliqué mi ensalivada lengua, con la que comencé a recorrerlo y a estimularlo. Roberto no tardó en empezar a gemir. Me plantó una mano en la cabeza y me obligó a devorar toda su raja, a bajar hasta sus huevos, a chupetearlos, a degustarlos y a saborearlos. Sus pelillos se quedaban apelmazados a causa de las ingentes cantidades de saliva que yo dejaba al paso de mi lengua, de mis labios, de mi boca. Me encanta aquel culo y al italiano le encanta que se lo comiera.


-¡Vaya culo que tiene, Carlitos! –le decía a mi compañero mejicano de cuando en cuando, separando mi rostro de aquellas ardientes nalgas, con ...
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