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<<En un sex shop de Sevilla>>

Me presentare: me llamo Juan, tengo 18 años y el verano pasado vine de mi pueblo en la Sierra Norte hasta la capital, Sevilla, para arreglar unos asuntos. Era mi primer viaje a la ciudad y me paseé, cómo no, por la famosa calle Sierpes. Tras un rato vi un pasaje en esta calle en el que, a la entrada, se indicaba que había un sex shop en su interior. Yo no había estado nunca en ninguno de esos establecimientos, porque en mi pueblo, lógicamente, no hay. Me picó la curiosidad. Al fin y al cabo, allí nadie me reconocería, porque soy de un pueblo alejado. Así que entré en el sex shop. Lo primero que me llamó la atención es que el color predominante era el de la carne humana, las paredes parecían tapizadas con revistas y vídeos en los que se veían hombres y mujeres desnudas. Di un paseo por la tienda y vi que en la parte trasera había un pasillo en el que algunos hombres parecían esperar. Vi que había cabinas de visionado, así que supuse que estaban esperando que se desocuparan. Lo raro es que había tres que estaban con las puertas abiertas y vacías. No lo entendía, pero decidí entrar en una de ellas, a ver una película guarra.

Dentro del habitáculo, que era bastante grande, había un sillón de cuero negro y un televisor enfrente, con un aparato a la derecha que permitía manejar los canales de películas que estaban en continuo funcionamiento. Me senté, eché algunas monedas y cuál no sería mi sorpresa cuando la primera imagen que salió era la de un chico chupándole el nabo a otro. Me quedé helado. La verdad es que no reaccioné y cambié de canal, como habría hecho en otra circunstancia, porque lo cierto es que aquella imagen me estaba resultando muy excitante. El muchacho tendría como mi edad, era también rubio, y tenía una cara de placer inenarrable mientras chupaba con delectación aquel enorme vergajo, que casi no le cabía en la boca.

Me abrí el cinturón y me bajé los pantalones hasta las rodillas. Empecé a hacerme una paja, sin siquiera darme cuenta de que me la estaba jalando con una película de maricones, cuando a mí nunca me habían gustado los tíos. Es verdad que había tenido poca experiencia sexual, apenas alguna mamada que me había pegado una compañera del cole, la guarra de la clase, pero nunca imaginé que aquella escena, con el rubito tragándose semejante cacharro, me podía poner empalmado como un burro.

De buenas a primeras, el chico se sacó el nabo de la boca, y vi que el otro aceleraba la paja, hasta que se corrió en la boca del muchacho, que se tragaba aquella leche con un ansia que nunca pude imaginar. En ese momento pensé que, si tuviera un vergajo así a mano, no dudaría en chuparlo hasta que se corriera en mi boca.

A veces lo imposible ocurre: cuando entré en la cabina de visionado no me fijé que, en la pared lateral derecha había un agujero tapado con una tablita y un pequeño cerrojo. En ese momento reparé en aquello. ¿Qué habría al otro lado? Obviamente la otra cabina, pero, ¿qué pasaría si yo abría aquel cerrojito?

Tan excitado como estaba, no se me ocurrió otra cosa que descorrerlo. Miré, y vi a otro chico que se estaba haciendo una paja. El hombre me vio, y yo creí que me iba a morir de vergüenza. Pero en vez de echarme la bronca, la reacción del muchacho, que vendría a tener como 25 ó 26 años, fue otra: se puso de pie, se aceró a la pared intermedia entre las cabinas e introdujo su nabo por el agujero.

Yo me eché hacia atrás, asustado. Por aquel agujero salía una polla bastante grande, rezumante de líquidos preseminales, y, por un momento, me quedé sin saber qué hacer. En la pantalla el chico rubito estaba terminando de tragarse la leche del otro, y yo, con un impulso que no pude refrenar, me metí aquella polla que aparecía por el agujero en la boca. Fue como un trallazo: nunca pude imaginar que tener un nabo entre los labios fuera tan bueno; era como algo blando y duro a la vez, viscoso pero tan excitante, tan morboso. No sabía como hacerlo, pero comencé a chupar como un desesperado, no podía pensar otra cosa que en mamar aquella deliciosa estaca. De repente, noté algo más viscoso en la boca, que crecía más y más: el tío se estaba corriendo en mi lengua, pero a mí, tan excitado, no sólo no me asqueó sino que me pareció un néctar delicioso. Engullí como pude aquella cantidad de leche, hasta que el tío se retiró y cerró la puertecilla de su cabina. Me había dejado a medio hacer, porque aún no me había corrido y, lo que es peor, había abierto la puerta de la excitación. Loco de deseo, salí de la cabina y me metí en otra que estaba desocupada. Abrí el cerrojito y metí la lengua por el agujero. Mi aviso no tardó mucho en surtir efecto: pronto una polla se posó sobre mi lengua, con lo que me eché atrás, para permitirle pasar por el agujero, y poder así mamarla mejor. Era una polla algo más pequeña que la anterior, de buen tamaño de todas formas, y con cabeza más gruesa. La mamé con fruición, y no tardó en venirse en mi boca: los mecos de este nabo eran incluso mejores que los del anterior.

Este tío también se fue pronto, pero yo necesitaba más: salí de nuevo al pasillo y vi que los hombres seguían allí, con sus miradas. Casi sin pensarlo, le guiñé el ojo al que tenía más cerca, un cuarentón bien conservado, mientras me rechupeteaba los labios, en un gesto inequívoco: el tío entendió y se fue tras mía. Entró en la cabina y, ahora sin pared intermedia, me senté en el butacón y le abrí los pantalones. El tío olvidó cerrar la puerta, así que detrás de él se concentró el resto de los hombres, mirando lo que pasaba. A mí me daba igual: el tío estaba ya empalmado y me metí su nabo en la boca. Era más grande que los anteriores, y ahora pude, además, masajear los huevos, cosa que había visto hacer al putito del vídeo, y era realmente excitante. El tío se corrió con largueza en mi boca, se subió la cremallera y se fue. El siguiente parecía tímido: saque la lengua con lujuria y eso bastó. Tras él se la mamé a otros cinco tíos, y, cuando ya no quedaron más, salí a dar una vuelta. Seguía estando muy excitado; no quería pensar en aquello que estaba pasando, sino en que quería más nabos que mamar. Así que al cuarto de hora de pasear por las calles adyacentes a Sierpes, volví al sex shop; había algunos hombres nuevos y, con guiños y relamidas, me pude mamar otras tres pollas.

Aquella noche, cuando volví a mi pueblo, ya estaba pensando en volver a aquel sex shop del pasaje de Sierpes: me había cambiado la vida... al menos, la sexual.


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