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La humedad de nuestras dunas

Autora: Gabrielle Basoalto, mexicana

3 min. Me bastó su voz para enamorarme de ella: acelerada y agitada como la bandera roja del mar; desinhibida, en su lengua fluía el conocimiento adquirido de los años, no aprehendía la luz del saber.

Cada tarde, a las cuatro con veintidós minutos, dejaba su bolso sobre la mesa y salía a fumar ese desagradable camello, pero que, cuando ella lo tomaba, sabía domar, hacerlo suyo; sus manos aterciopeladas sabían agarrarlo y conducirlo a las dunas de sus labios: curvas perfectas que cada vez que aclamaban agua, ella les daba lo que pedían. Yo esperaba con ansias esos dos días a la semana para ver ese pequeño gesto de humedad en sus labios para saciar mi sed.

En una ocasión, nos quedamos platicando en el pasillo. Parecía un sueño hecho realidad; en muchos momentos intenté acercarme a ella sin temblar y tratando de emitir algún sintagma coherente. Esa vez, ella se acercó a mí porque vio que yo traía una revista de su interés. Entre charla y charla, camellos y vaqueros, salió a colación salir a beber a algún lado —admito que no soy fan de la bebida, pero por ella hasta me tatúo—, quedamos en asistir el viernes en la noche a un lugar cerca de la línea 1 del metro.

El lugar estaba casi lleno: con gente aquí y allá, en la esquina y en la entrada; con música agradable que dejó de sonar justo cuando vi que ella llegaba, tan fresca y extrovertida como siempre. Como luz celestial, una mesa se desocupó.

Hablamos por horas. Ella no dejaba de mover las manos de un lado a otro como si fuera un teatro de títeres. Emitía colores y sentimientos en cada gesticulación, parecía que me mostraba más de un mensaje. La noche seguía y las cervezas no se acababan; el calor era propicio para seguir pidiendo más.

—¿Ya no quieres? —me preguntó—.

—No, gracias, ya llegué a mi límite.

Con esos dedos largos y acalorados, moldeó el cuerpo de mi cerveza. Parecía oficio de años, experta en coger bebidas embriagantes y de llevárselas a la boca. Delicada cual ninfa en puntitas, pero fuerte como minotauro. Hizo de nuevo ese gesto mojado cuando terminó de beber, seguido de una expresión refrescante. No pude dejar de verla.

—¿Por qué eres así conmigo? —con un tono distorsionado habló mientras me miraba fijamente—.

—¿Cómo así?

El mundo comenzó a dar vueltas detrás de mí. No existía nada. Todo desapareció en un torbellino de tonalidades purpúreas y rosáceas. Sus pupilas seguían dentro de las mías; sus manos hablaban de nuevo; sus codos ya no reposaban en la mesa, ahora se extendían dando amplitud a su lenguaje corporal: tocaba mi rostro.

Alimentó de lluvia sus labios y luego regó mi tierra infértil: me besó. El torbellino se volvió tempestad cuando infiltró su lengua en mi recinto, compartían un baño cálido. Ella ya no bebía como antes porque ahora me bebía a mí, sólo a mí.

—¡Corte! —gritó la realidad—.

Se separó de mí. Los murmullos volvieron pero sus pupilas se apartaron de las mías. Se levantó rápidamente y me dejó un billete para pagar la cuenta.

El río escapa

del manantial que amó:

fueron un alma.

Bien diría un Haiku. Ella se enamoró de mí, lo sé porque jamás volvió a impartirme clase.


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