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Un motel barato

Autora: Gabrielle Basoalto, mexicana

4 min. Mi pierna comenzaba a tener esos espasmódicos movimientos de «Tambor» en el suelo. La impaciencia, la duda, el enojo, los celos, la rabia, el dolor, las lágrimas, el fuego, la nieve, los -136°C, los 173°C, todo me comía, ¿qué digo comía?, me carcomía; se apoderaba y me envolvía. En exactamente tres minutos comenzaría la cuenta regresiva de las veinticuatro horas para que ella se fuera completamente de mi vida. El sueño no aparecía y, lo más seguro, es que no llegaría.

Caminaba en la sala, de un lado a otro, desde el sillón verde aterciopelado hasta el reloj de péndulo que remata en la esquina visual. Volteé a ver el reloj.

—Las ocho.

El color negro se apoderó de mi estómago y desgarraba pared a pared; mis intestinos querían salir corriendo por el ombligo. Se iba a ir, lo sabía… lo sabía. Si lo sabes, ¿entonces qué carajos estás haciendo aquí parada?

Tomé el coche y manejé hasta aquel lugar donde sabía que estaba. Volví a ver el reloj y ya era muy tarde como para marcarle y preguntarle su ubicación exacta. Renté un cuarto de motel barato donde no existe el buffet de desayuno incluido y las sábanas parecían no haber sido cambiadas.

Recosté la cabeza en la almohada sabiendo que el sueño jamás llegaría y que el color negro seguiría presente, aún, teniendo la luz encendida. Opté por levantarme y salir a caminar a no sé dónde, no sé cuánto tiempo por ahí; por donde las cortesanas prestan sus servicios y los lobos acechan con sus ojos rojos a su presa.

Transcurrieron las horas y desperté en la cama de aquel motel barato donde el servicio al cuarto no existe y la televisión es la ventana que mira hacia afuera.

—Dos de la tarde.

Seis horas faltaban para que se fuese de mi vida. Palpé mis bolsillos para encontrar algo en lo que escribir y encontré una servilleta. Saqué la pluma que acostumbro llevar a todos lados y comencé:



Querida, T:

Te amo.



La arrugué y lancé con fuerza contra la pared: sólo resbaló tristemente en ella.

Sólo había una recochina iglesia en aquel lugar. Sólo tenía que ir, encontrarla y ya, únicamente tenía que hacer eso. Conduje hasta aquel lugar de promesas no cumplidas con la esperanza de que, una vez más, esa promesa se viese destruida.

Vestidos muy monos y gente elegante y perfumada. A ella no le gusta estar con tanta gente, seguro que no conoce a más de un cuarto de todos ellos.

Me infiltré por una puerta para esperarla. Los invitados esperaban… Él también la esperaba. Que no llegue. Escuché ruidos del otro lado de la puerta y me metí al baño. Voces abrían la puerta, cuando, de súbito, escuché su voz; ya había llegado. Estaba del otro lado de esa puerta. Sólo tenía que abrirla, y verla.

Entreabrí la puerta y… (Silencio. Se veía preciosa, como aquella vez primera que hicimos el amor. La luna volvía a tomar su lugar en lo alto del cielo, sonriéndole, tornando su figura y delinéandola con un suave pincel blanco), su respiración era entrecortada, estaba sola y se veía nerviosa. Posaba su mirada en el espejo largo que estaba frente a ella. Tomaba valor. Se sentó pensativa en un pequeño sofá. Levantó la mirada y me vio enfrente de ella.

Me miró como sólo ella sabe mirar: con sabor a fruta fresca y olor a vainilla. La tomé de la mano y se levantó inmediatamente; coloqué sus manos alrededor de mi cuello, y las mías alrededor de su cintura y comenzamos a bailar. Posó su respiración en mi cuello y seguí cada movimiento suyo. No te vayas. Tomó mi cara y me besó. Nos desgarramos en un beso íntimo y sólido. Sentí la salinidad de las lágrimas en mi boca y en el furor en el que nos consumíamos. Acaricié su cara suavemente destrozante e hice un puño en su cabello únicamente para fotografiar cada hebra en mi mano.

El organista comenzó a tocar.

—Te amo— me dijo y se fue cerrando la puerta detrás de ella.

Abrí los ojos y desperté en aquel motel barato donde la soledad canta gratis y los gemidos, gritos y balazos se escuchan en los cuartos contiguos. Miré el reloj.

—Las nueve veinticuatro.

La perdí para siempre.

Tomé mi maleta, abrí la puerta, y ella entró besándome vestida de blanco diciendo:

—Acepto.


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