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Nuestro cielo

Autora: Gabrielle Basoalto, mexicana

8 min. Como casi siempre, su casa estaba vacía; probablemente su padre estaría fuera con alguna de tantas novias que tenía.

Entrar y sentir una extraña armonía entre los muebles; el aroma del smog de la hermosa ciudad, el biombo que divide la cocina de la sala, y del sonido de la puerta detrás de mí cuando, ella, con su mano delicada de dedos largos, la cierra duramente hasta que se escucha el clic del seguro colocado.

Casi nunca me ha gustado comer en su casa, puesto que, ni ella ni yo sabemos cocinar. Su padre es excelente cocinero. Él tenía un pequeño bar algo retirado de aquí pero cerca de los rumbos donde yo solía estar hace unos años. Algún tiempo atrás, antes de que ella fuera mi novia, acudí al bar de su padre junto con ella. Ahora, el señor ya no tiene el bar pero aun así sigue cocinando delicioso.

Nos fuimos directamente al cuarto de mi novia. «Novia», jamás creí llamarla así. Ella le temía al compromiso de esa palabra hasta que por varios meses le demostré que no tenía por qué atemorizarse de tal etiqueta.

Su cuarto era un desorden masivo. Ropa tirada en la esquina, su clóset no tenía puertas, tenía un tapete que, me atrevo a jurar, era de cuando ella tenía casi cinco o seis años. La televisión jamás podía estar apagada a menos que ella no estuviera en su cuarto. Era algo raro tener sexo mientras pasaban las noticias del futbol, o Joey decía alguna de sus tantas tarugadas y evitar levantar la comisura de los labios mientras ella emitía algún gemido.

Su cama estaba llena de moronas de pan, de dulces —le encantaban los dulces—, y de la mayoría de cosas que puedes comer en la cama. La pared detrás del televisor tenía un espejo enorme. Yo le enseñé que no sólo servía para mirarse mientras una se vestía para salir. Ese espejo fue testigo de las «pequeñas» perversiones de nuestras manos.

Volviendo a su cama. Nos acostamos, como era costumbre cuando iba a su casa. No me gusta ver la televisión, por eso prefería sólo mirarla a ella mientras estaba atenta a las películas que tanto me quiso instruir debido a mi falta de conocimiento del tema. La amé. Esa es la única razón por la que podía estar horas pegada a ella y a su televisor.

Era mi novia. Sigo sin creerlo. Jamás creí que la llamaría así; por eso, esa noche fue una de las mejores. Ella era perfecta para mí. La química que prevalecía entre nosotras antes de encender la luz era única. Jamás la había vivido.

Como siempre, el pequeño aparato que no me gusta estaba encendido. Su cuello al descubierto y mi mano en su pecho comenzaron todo. No podía aguantar ni un minuto más sin besarla. Sus besos eran exquisitos. Exactos. La mejor sazón. Esa noche hubo algo más en el aire que sólo calentura y pasión. Y no, no era amor. Era un extra, un plus. Me coloqué encima de ella como era de imaginarse, jamás me había considerado a mí misma activa hasta que ella me llamó así. Coloqué mis piernas entre las suyas que se abrían lentamente para darle paso a lo que seguía. Me decía: You are a boy. Y curiosamente le gustaba eso de mí. Esos movimientos espasmódicos de mi pelvis «dentro» de ella.

Su cuello era lujuria pura. Perfecto. Suave. La besaba lentamente mientras mi cadera seguía incrustándose en su monte. Su respiración me volvía loca. Tengo ese gusto culposo de querer casi oírla gritar mi nombre suplicándome más. Quítale la playera, quítale la playera. Me repetía sin cesar. Me encantaba que siempre accediera a levantar los brazos y despojarla de su prenda superior. Los besos se reanudaban sin separar nuestra parte inferior.

Alguna vez me dijo que tenía muchos puntos «débiles». Ciertas zonas corporales que podía besarle y una corriente eléctrica pasaba su cuerpo. Yo sólo llegué a la conclusión de que su único punto sensible era toda su piel. Le gustaba que la acariciara completa.

Sus pechos eran pequeños, justos para mi boca. Gemía más fuerte cada vez que mi lengua se detenía en su areola. Esto de tener dos pechos tiene sus ventajas y desventajas. Si tú eres la que está haciéndoselo a ella, tienes que coordinar tu mano y tu lengua para que tu pareja sienta más; y eso de la psicomotricidad es una de las cosas más difíciles, y si no lo aprendiste en primaria olvídate de darle satisfacción a tu chica en esa zona tan sensible. Esta parte era uno de sus «puntos débiles». Delicioso oírla gemir al ritmo de mi lengua.

Llegó un momento en el que se percató de que yo aún tenía mi playera y me despojó de ella y al mismo tiempo del opresor sostén. Qué habilidad tenía con las manos. Los años le vinieron bien. Eso sólo se logra con la práctica. No le recrimino su estancia con otras porque en ese momento estaba conmigo y yo con ella. A mí me quitaba el brasier, a mí me clavaba sus pechos, a mí me arañaba. Sólo a mí.

No podía aguantar más ese estorboso pantalón. ¡Maldito seas!, maldito el que te creó. Maldito obstáculo. Maldito antifaz que ocultas la grandeza de la escultura femenina. Maldito, maldito, maldito. Te maldigo a ti y a tu secuaz el cinturón. Ambos son de lo peor; y más para estas torpes manos que tienen que estar agarrando un pecho y al mismo tiempo desabotonarte.

La lucha con el cinturón fue de lo peor. Ella me miraba con cara de: ¡Ay no!, otra vez. Y sólo se limitaba a sonreír. Salió el cinturón, y el pantalón no se resistió a hacerle compañía en el suelo a su vencido aliado. —Esa ocasión me permitió quitarle los calcetines; algo que no solía hacer—.

Su pequeño bóxer estaba totalmente empapado. Ese olor me mata. Sobre todo el de ella. Nunca había querido probar algo así hasta que la conocí. Su jugo, su aroma, su esencia. Ella, completa al alcance de mi nariz y lengua. Cuando estuve a punto probarla tomó mi cabeza con su delicada mano y me condujo de nuevo a su boca. La amé. Ella era hábil. Sus años antes de mí le enseñaron. Me quitó mi pantalón y dejó que siguiera con mi labor.

El bóxer de esa noche era gris. El que me encantaba. Ajustado. A su medida. Su trasero se veía levantado y bonito. Al igual que los calcetines, me dio paso a que se lo quitara. Fue la primera y la última vez que le pude quitar su bóxer.

Semi-rasurada de su nadir. Por primera vez contemplé la luz del universo en la noche. Volteé a verla y sólo me pedía una cosa… así que lo hice. Dos dedos; para ser precisa, el anular y el medio de la mano izquierda, penetraron lentamente en su cuerpo. Podría decir que me vine con tan sólo verla arquear esa espalda tan sexi con dos tatuajes que le recordaban quien era. Ese pequeño movimiento de penetración ambas lo disfrutamos: ella al sentir que la complementaban en aquel espacio que no todos los días puede ser llenado, y yo al permitirme llenarla, y sentir ese calor exquisito que sólo una mujer te puede ofrecer. No sólo una mujer. Era ella. Mi novia.

«Adentro-afuera», movimiento repetitivo que sólo una mano, un antebrazo y un brazo bien entrenados podrían hacer que durara horas; pero ése no es mi caso. Por eso usaba la táctica de succionarle un pezón. Sabía que todo eso le gustaba porque arañaba mi espalda. Aún tengo las marcas de aquella noche. Me fascinaba el dolor que provocaba en mi espalda al sentir sus uñas desgarrando mi piel mientras yo la penetraba una y otra vez.

—Otro dedo— susurró con el poco aliento que tenía.

Introduje otro dedo y soltó un grito que provocó que sintiera mojado mi calzón. Seguí con los movimientos que me pedía: más rápido, más lento, despacio, más fuerte, más todo… Más todo.

La amaba sólo eso sabía. No más, no menos. La amaba.

Me dijo que me detuviera y que sacara lentamente mis dedos para que ella pudiera ponerse en una de las posturas favorita de las dos. Colocó sus dos brazos extendidos sobre la cama, boca abajo; de igual manera sus rodillas se posaban en la cama. Y ahí estaba, tan radiante como siempre. Su trasero a mi alcance. Lo toqué. Introduje mis dedos de nuevo en aquel recinto húmedo que tanto embriaga a los que lo prueban y gimió. Gimió de nuevo, gimió como nunca. Gimió y gimió. Era mía y yo era suya. Comencé a hacerla sentir lo que su cuerpo era capaz de hacer. Sólo tomaba aliento para repetir mi nombre y para pedir más… y más… y más.

Se congeló: el universo, el mundo, el país, la ciudad, San Mateo, la gasolinera de enfrente, los coches de afuera, los vecinos, las escaleras, el biombo, la puerta, su cuerpo, mis dedos en su cuerpo, el cielo.

Saqué mis dedos. Me acostó en la cama y me desprendió de mi pantaleta. Me miró, más bien, me observó: cada rincón de mi piel, mi pubis, mi estómago, mi pecho, el cuello, la cara. Posó su mirada como jamás la había posado en mí. Sentí como si con su mirada rozara cada vellito saliente de mis poros. Esa noche hubo algo más en el aire que sólo calentura y pasión. Y no, no era amor.

Ella sabía lo que yo quería. Todo este tiempo lo sabía. Abrió mis piernas e introdujo dos dedos. Ese grito ahogado surgió de mi boca. Su cuerpo completamente desnudo era una maravilla. —Otro dedo— supliqué. Tres de sus dedos se sumergían en mi lago. Qué digo lago, mar. Aquel lugar era un mar. Puso su rodilla detrás de su mano y comenzó a meterme los dedos como nunca, como jamás. —Más fuerte— le exigí. Así fue. Se congeló: el universo, el mundo, el país, la ciudad, San Mateo, la gasolinera de enfrente, los coches de afuera, los vecinos, las escaleras, el biombo, la puerta, mi cuerpo, sus dedos en mi cuerpo, el cielo, mi cielo. Ahí concluyó todo. Fue la sumatoria, el resultado de todos estos meses. De todo ese esfuerzo, de esa lucha contra su ser y el mío.

Nos vestimos. Salí de su cuarto y sentí una extraña armonía entre ...
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