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Los Operarios

Lunes, 10 de julio de 2006. Era un calurosísimo día de verano en Madrid y tenía cita con mi ginecóloga a primera hora de la mañana, para realizarme el control anual al que me someto desde que cumplí los cuarenta. Un control que todas las mujeres deberíamos llevar a rajatabla, y más aun en mi caso debido a la endometriosis que sufro desde jovencita, la cual me ha privado de darle hijos a mi marido. No es una dolencia grave, ni modifica en absoluto mi vida sexual, pero debo tenerla controlada para evitar males mayores.


Mi marido se había ofrecido a llevarme a la consulta en el coche, antes de acudir a su trabajo. Cuando salimos de nuestro piso, en el rellano de los ascensores, había dos operarios arreglando la escayola del techo de la escalera. Estaba haciendo muchísimo calor esos días y yo lucía un fino vestido blanco de lino, corto, ajustado y escotado, bajo el cual llevaba únicamente un pequeño tanga blanco. No me había puesto sujetador para facilitar la revisión ginecológica, ya que las pruebas que tenían que hacerme incluían la correspondiente mamografía. En los pies me calcé un par de alpargatas blancas de esparto y tela, que se ajustaban sensualmente a los tobillos y pantorrillas por medio de sendos cordones de tela también de color blanco.


Los dos operarios clavaron sus ojos con descaro en mi escote, mis muslos y mi culo, sin importarles que mi marido me acompañara. Eran bastante jóvenes, de entre veinticinco y veintiocho años, y llevaban sus musculosos torsos desnudos e impregnados en abundante sudor. Pese a la diferencia de edades entre ellos y yo (cumplí los cuarenta y cinco a finales de ese mismo mes de julio), los dos chicos me comían con sus miradas indiscretas, lo que, por otra parte, me confirmó que para mi edad todavía estoy de muy buen ver. Aquellas miradas lascivas en presencia de mi marido me provocaron una mezcla de sentimientos, entre vergüenza, rechazo, halago y excitación.


El ascensor por fin se detuvo en nuestra planta y pudimos abandonar el rellano. Mientras descendíamos al garaje mi marido y yo comentamos el descaro de aquellos chavales sin darle mayor importancia de la que requería. Después acudí a mi cita y me hice las pruebas oportunas.


Dos horas más tarde tomé un taxi para regresar a mi casa. Cuando el ascensor alcanzó mi planta y se detuvo empujé la puerta sin acordarme de que ahora iba sola y los operarios podían seguir allí trabajando. Nada más abrir la puerta del ascensor pude comprobar que de nuevo cuatro lujuriosos ojos se clavaban en mis curvas. Sin dirigirles la mirada caminé hasta la puerta de mi piso y busqué en el interior de mi bolso las llaves. No me decían una sola palabra, pero sus miradas bastaban para comprender perfectamente sus pensamientos y quien sabe si también intenciones. Con los nervios tardé una eternidad en encontrar el llavero entre los miles de objetos que todas las mujeres llevamos en el bolso. Finalmente lo conseguí. Desbloqueé la cerradura, franqueé el umbral rápidamente y, girando sobre mí misma, empuje la hoja de la pesada puerta blindada hacia su marco. De nuevo los segundos se convirtieron en minutos. Me parecía como si mis movimientos fueran a cámara lenta. La puerta avanzaba con pasmosa lentitud.




Cuando el resbalón de la cerradura se disponía a hacer contacto con el alojamiento en la hornacina del marco, la hoja se detuvo violentamente. El corazón casi se me sale por la boca cuando comprendí que aquella violenta detención de la hoja se debía a la presión que alguien ejercía desde fuera. Los operarios. Empujé con todas mis fuerzas pero fue inútil. Cualquiera de aquellos dos tipos era mil veces más fuerte que yo. La puerta no solo no avanzaba hacia el marco, sino que comenzaba a ceder en sentido contrario. Cuando el hueco fue lo suficientemente amplio pude ver como una vieja zapatilla de deporte, rota e impregnada de yeso, se colaba en el umbral bloqueando la hoja. ¡Dios mío! –pensé- ¡voy a ser violada en mi propia casa!. El terror me hizo reaccionar y, con un ágil movimiento, cogí la cadena de seguridad y conseguí alojarla en el mecanismo de la puerta antes de que la abertura fuera más amplia y no me lo permitiera. La cadena se tensó y frenó en seco la presión exterior.


Un poco más calmada relajé mis músculos y me asomé por el hueco. Apareció el sudoroso rostro de uno de los operarios. Llevaba un "piersing" que atravesaba una de sus cejas, el pelo rubio, corto, rapado en uno de sus laterales y con una extravagante cresta de color castaño claro en el centro. Sus rasgos eran rudos, a pesar de su juventud, y tenía los ojos pequeños, achinados y de color marrón oscuro. Cuando bajé un poco la vista pude ver su musculoso torso de piel muy morena. Lo tenía totalmente cubierto de sudor y lucía otro "piersing" en su pezón derecho. Más abajo un pantalón de trabajo de color azul de Vergara, sucio y roto en algunas partes, terminaba en la mugrienta zapatilla que trababa mi puerta. Un poco más atrás estaba su compañero, de aspecto similar aunque algo menos cachas.


El tipo me miró fijamente a los ojos y dijo: "¿De verdad no te apetece que dos pollas jóvenes, duras y gordas, te hagan sentir lo que el cuarentón de tu marido jamás conseguiría?". Aquella frase me descolocó por completo, pero antes de poder asimilarla el chaval volvió a hablarme: "Si abres esta puerta te vamos a comer el coño como nadie te lo ha comido. Tendrás el placer de chuparnos el rabo a los dos juntos, de saborear nuestra abundante leche y de correrte hasta perder el conocimiento mientras te follamos el coño y te petamos el culo al mismo tiempo. ¿Vas a perder esta oportunidad zorra?". No lo podía creer. Estaba aterrorizada de miedo y, sin embargo, aquellas dos frases seguidas habían provocado que mis intimidades se humedecieran. Después de unos segundos de contrariedad volví a mi realidad y comencé de nuevo a sentir miedo.


Pedir socorro no era una buena idea porque sabía que los pisos contiguos de mi rellano estaban vacíos. De las cuatro viviendas que conformaban la planta, dos estaban todavía deshabitadas, una la ocupaba una mujer viuda sin hijos que a esas horas estaba trabajando fuera, y la cuarta era la mía. Otra opción era sacar el teléfono móvil de mi bolso y marcar el numero de urgencias, aunque lo más seguro era que cuando acudieran ya sería tarde. También podría llamar a mi marido, pero tenía la oficina en la otra punta de la ciudad. Mientras mis pensamientos decidían que actitud adquirir mi corazón volvió a acelerarse de pánico. Si no pensaba en algo rápido aquellos dos macarras terminarían por abrir la puerta y violarme, robarme o incluso hacerme daño o matarme.


¡Dios mío, que puedo hacer!.








Entre tanto el tipo que tenía su pie bloqueando la puerta volvió a dirigirse a mí: "Vamos putita, ábrenos la puerta. No te arrepentirás. Mi socio es experto en sodomizar a las tías y yo lamo los coños de cine. Seguro que los dos tenemos una herramienta más grande y dura que la de tu marido. Mira, asómate un poco y te enseño el material". Nada más terminar aquella frase se desabrochó la bragueta del pantalón y, acercando su abdomen a la abertura de la puerta, se bajó lo suficiente el slip para que pudiera verle el miembro. Me propuse no mirar y seguir pensando en alguna solución, pero la curiosidad me pudo y al final baje mi vista hacia sus partes. Tenía el pene semi-erecto, con todo el glande fuera de la piel. Pese a no estar completamente erecto lucía un tamaño considerable, tanto en longitud como en grosor. Recordé aquella vez con mi marido, en la que, jugueteando, se la medí con una regla cuando estaba totalmente empalmado. La medición arrojaba una dimensión de 17 cm., por lo que, en comparación, el miembro del macarra debía rondar los 20 cm., además de ser bastante más grueso. ¡Dios Santo! –pensé- como debería ponerse aquello cuando estuviera totalmente erecto.


"¿Qué opinas zorra?. ¿Te gusta mi rabo?. ¿Necesitas tenerlo dentro de tu coño, verdad putita?. ¡Vamos, abre la puerta y será todo tuyo!. Y el de mi colega también". Dicho esto, volvió a colocarla dentro de su slip y se abotonó la bragueta, pero esta vez retiró también el pie que bloqueaba la puerta. ¡Estoy salvada! –pensé durante unas décimas de segundo-. Entonces, cuando me disponía a cerrar la puerta de un empujón, note que mis brazos dudaban de hacerlo, al mismo tiempo que un escalofrío me recorría la entrepierna. ¡Será posible! –pensé-, me han aterrorizado. Son dos macarras sucios que, por sus edades, podrían ser mis hijos. Era una mujer casada que jamás se había planteado engañar a su marido y, sin embargo, deseaba esos dos rabos con autentica lujuria.


Entonces mi libido me jugó una mala pasada. En lugar de empujar la puerta, ya libre del pie de aquel operario, retiré la cadena y la abrí de par en par. "Chica lista. Sabía que en el fondo eres una verdadera zorra necesitada de unas buenas pollas", -dijo el chaval al mismo tiempo que invitaba a su amigo a entrar en la casa detrás de él-.


Mientras yo analizaba la decisión que había adoptado, de pie, sin mover un solo músculo de mi cuerpo, los dos chavales franquearon el umbral y cerraron la puerta tras de sí. Uno de ellos puso la cadena de seguridad y accionó el cerrojo interior por si a mi marido le daba por presentarse de improviso, cosa que yo sabía que era del todo imposible. Mi marido tenía varias reuniones importantes aquel día, por lo que no regresaría hasta entrada la noche. Tampoco esperaba visitas de amigas o familiares. Mi decisión había dado luz verde a dos macarras desconocidos y ahora estaba completamente entregada a ellos, sin que nadie fuera a hacer nada por evitarlo.


Lo primero que hicieron fue buscar en el bolso, que todavía llevaba colgado del brazo, mi teléfono móvil. Cuando lo encontraron lo apagaron y lo dejaron en la mesa del recibidor. Luego uno de ellos sacó mis llaves, la metió en la cerradura, dio las tres vueltas de seguridad del bombín y las dejó puestas por dentro. De esa forma se aseguraba que nadie les molestaría en un buen rato. Su colega buscó la entrada de la línea telefónica fija y, tras localizarla, desenchufó el cable. Ya no había posible vuelta atrás. Me iban a disfrutar hasta que se hartaran de sexo.






Después buscaron el dormitorio y se encerraron en él conmigo dentro. Corrieron las cortinas de la ventana y ambos se quitaron pantalones y slips, quedándose delante de mí como Dios los trajo al mundo. No tendrían más de veinticinco años. Uno era algo más bajito y delgado que el otro, pero ambos eran fuertes y con los músculos ...
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